Rabat, una sorpresa en todos los aspectos

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Rabat, una sorpresa en todos los aspectos Casi sin digerir el viaje a Manchester, 4 días más tarde nos encontrábamos otra vez en Barajas, con 17 amigos más volvíamos a coger un avión, esta vez con destino Rabat. En la semana del black friday, Ryanair bajó el precio de sus vuelos, y tras crear un grupo de gente que quería viajar, decidimos escoger el destino con el vuelo más barato, porque en estos casos el destino es lo de menos, lo importante sin lugar a dudas es la gente que te acompaña. Empezamos comprando el vuelo unas 9 personas, poco a poco con el paso de los días se iban apuntando más y más, hasta que el jueves 2 de marzo nos juntamos 19, 17 en Barajas y 2 viajaban desde Bruselas.

Al llegar al aeropuerto de Rabat nos estaban esperando las dos chicas que habían viajado desde Bruselas, tras los abrazos pertinentes salimos a buscar taxis que nos llevaran al albergue. No llevábamos ni una hora en Rabat y ya tuvimos la primera experiencia, unos 12 taxistas peleándose en árabe para ver quién nos llevaba, fue tal la discusión que 5 de nosotros nos montamos en dos taxis diferentes 3 veces, es decir, primero nos dijeron uno, viene el taxista del otro, nos baja y nos coge las maletas, nos montamos en el segundo, entonces viene el del primero y hace la misma operación, y tras 5 minutos de improperios en árabe nos chapurrea en inglés que ya está solucionado. Por lo que montados 6 en un mercedes de los años 80, nos fuimos para el albergue charlando con el taxista, que resultó ser bastante simpático.

El albergue al que fuimos, que estaba situado en medio de la medina, se dedicaba principalmente a traer extranjeros para que practicasen surf, estaba lleno de tablas y todo decorado con pósters de olas y surfistas. Lo primero que hicimos fue pagarles a los dos encargados del local, dejar las cosas en las literas y prepararnos para salir a cenar. Como era de esperar, siendo casi las 12 de la noche, estaba todo cerrado, pero finalmente dimos con una especie de hamburguesería en la que cenamos por 3€.

El viernes por la mañana al despertarnos nos esperaba un desayuno de crepes y fruta acompañado de lo que para mí fue el mejor té que probé en el viaje. Ese día lo dedicamos a pasear por Rabat y ver sus monumentos; tras visitar la Torre Hassan y ver cómo miles de personas se acercaban a rezar decidimos tomarnos una cerveza, plan bastante complicado en un país donde está prohibido el alcohol. Fuimos preguntando en cada bar hasta que encontramos un garito con un cartel gigante de cerveza en la puerta, el dueño, un tipo bastante característico, nos indicó el comedor del fondo para sentarnos. Pasamos un rato bastante agradable charlando, al final, nos hicimos colega del dueño y lo visitamos más veces durante el viaje. Después de dos cervezas, algunos ya íbamos medio chispados, comimos con nuestro amigo Juan, que lleva viviendo allí unos cuantos años, el típico plato marroquí: el cuscús, en un sitio bastante pintoresco. Una vez bufados a cuscús, algunos fueron con Juan a por suministro para la noche y otros a pasear por la medina. Esa noche entre cerveza y cerveza decidimos ir a Fez al día siguiente, una ciudad que se encuentra a unas dos horas y media en tren desde Rabat.

Al llegar el sábado por la mañana a la estación de tren de Fez nos estaba esperando un guía que nos acompañó durante todo el día. Llegamos en taxi a la medina, según el guía, la más grande del mundo, y durante toda la mañana nos estuvo explicando todo lo que allí dentro ocurría. Es un sitio bastante característico, calles muy estrechas, muchas cuestas, los bulevares infectados de gente y unas paredes bastante altas que dan la sensación de estar encerrado. Menos mal que fuimos con guía, porque entrar ahí dentro sin alguien que conozca la medina, es cuanto menos un acto de locura. Durante toda la mañana nos estuvo enseñando los principales lugares turísticos, desde la Universidad más antigua de Marruecos hasta talleres de telares donde comprar pañuelos, pasando por un taller donde tratan el cuero artesanalmente. A la hora de comer, el guía nos llevó a un restaurante bastante lujoso para la media de la ciudad, y mientras él se iba a rezar (tienen que rezar 5 veces al día) nosotros comimos viendo un partido de fútbol de la liga española de fondo, el cual todos los camareros estaban en una habitación aparte viendo. Por la tarde seguimos con las visitas de los amigos del guía para seguir comprando y un par de horas más tarde llegábamos a la estación de tren de Fez en taxi, nos echamos una foto con el guía y nos montamos en el tren para regresar a Rabat.

Llegamos antes de lo planeado, por lo que decidimos irnos a tomarnos algo por allí, fuimos a una especie de pub que nos intentaron timar para pagar entrada simplemente para tomar una cerveza, tras duras negociaciones conseguimos pasar y disfrutar todos juntos de una cerveza. Como algunos estaban cansados y otros teníamos ganas de fiesta, un grupo se fue de vuelta al albergue y unos pocos nos fuimos a buscar un lugar donde cenar. Pasamos por nuestro amigo el del bar que tenía cerveza y nos tomamos una allí, cargando una bolsa con suministro para después de la cena. Encontramos una pizzería cercana e intentamos sin éxito tomarnos la cerveza mientras ingeríamos la pizza, así que nos tuvimos que ir tras la cena a un callejón escondido a beber cual preadolescentes, fueron muchas risas y de los mejores momentos del viaje. Al acabar nuestra aventura ilegal de beber una cerveza en la calle, nos pasamos por una discoteca a conocer el ambiente marroquí. Bastante gente bebiendo (y eso que está prohibido) y mucha más fumando, menos mal que en España eso se prohibió hace años, ¡no hay quien estuviera dentro de la discoteca! Por lo que tras unas horas Miguel y yo nos volvimos andando a la medina sobre las 3 de la mañana, un trayecto que a priori parece peligroso, o eso pensamos antes de visitar el país, pero que a mí me sorprendió por la tranquilidad de sus calles.

El último día fue muy tranquilo, nos levantamos sin prisa, ordenamos todo y nos dimos una vuelta por el castillo de Chellah, un paseo bastante agradable que usamos para hacer miles de fotos en cientos de rincones. Para medio día nos dirigimos a la medina en taxi a comer algo y aprovechar cada uno la tarde a su gusto. Juan nos recomendó ir a una cafetería que quedaba junto al Atlántico y contaba con una terraza en alto bastante agradable. Aprovechando que había oleaje, nos echamos unas fotos un tanto espectaculares en los acantilados antes de llegar a la cafetería, era una maravilla ver cómo rompían las olas contra las rocas. Tras el té moruno en la terraza, Julio y yo nos quedamos allí y ocurrió uno de los momentos más relajantes y reflexivos de todo el viaje, y que quiero convertir en tradición las últimas horas de todos los viajes que haga, que fue, apoyados en la silla y con los pies en la barandilla, estar contemplando el mar durante un par de horas en el más absoluto silencio pensando.

Al llegar al albergue todavía no había llegado nadie, así que esperamos un poco a que llegaran todos para coger las maletas. Pero el viaje nos deparaba una última sorpresa, nada más salir del albergue empezamos a escuchar música y gente gritando, de repente sale un hombre de una puerta y nos invita a entrar en una boda que se estaba celebrando dentro de la casa. Decenas de personas en una habitación minúscula bailando y gritando, cámaras grabando la boda y aparecimos unas 15 personas que por supuesto nos unimos al festejo, un espectáculo la verdad. Fue una pena dejar la boda, pero los taxis estaban esperando para llevarnos al aeropuerto y ponerle fin al viaje.

Fue uno de los mejores viajes que he hecho en mi vida, sin lugar a dudas, hubo muy buen rollo entre todos, nadie fue por su cuenta ningún día, cosa extraña en un grupo tan numeroso, y pasamos momentos realmente buenos con un montón de anécdotas que contar. Me sorprendió muchísimo el país, superó mis expectativas en todos los aspectos e hizo cambiar mi opinión sobre Marruecos y sus habitantes. Espero y deseo que el año que viene repitamos viaje, da igual el lugar mientras vayamos todos juntos y todo aquel que se quiera unir.