Cambio de rumbo

Hace tiempo que no escribo sobre mi vida en Madrid, así que ya va siendo hora. Por febrero todo marchaba bien, mi trabajo en la Agencia de Informática de la Comunidad de Madrid estaba dominado, asentado en el piso con mis compañeros, y haciéndome con la vida de Madrid en general. Pero que vaya bien no significa que no pueda ir mejor, o peor, nunca se sabe.

Por febrero de 2016 me llegó un mensaje por la red social de trabajo LinkedIn de Indra, una de las consultoras más grandes de Europa, que andaban buscando perfiles como el mío y que si podía realizar una entrevista con ellos. Esa misma semana, la empresa que se encarga de la plataforma educativa de la Uned, contactó conmigo para trabajar en dicha universidad en Las Rozas, para trabajar en la migración de su plataforma a Cornerstone. Fui a ambas entrevistas y tuve muy buenas sensaciones, eran diferentes trabajos pero me ofrecían nuevos retos con los que crecer.

Empecé a estudiar entonces ambos trabajos, zona para vivir, transporte para llegar, carrera profesional, etc. Un domingo me fui a Las Rozas a ver algunas habitaciones, una de ellas era perfecta, con piscina y vistas a la sierra de Madrid, al lado de un gimnasio y de los supermercados de la zona. Recuerdo que fui a la universidad andando, 10 min, vi algunas habitaciones más y exploré la zona que si me llamaban para trabajar se convertiría en mi zona de residencia. Creo que fue la primera vez que comí sólo en un restaurante, una gran sensación, y sinceramente, me veía viviendo allí, me encantaba la tranquilidad y la naturaleza que lo rodeaba.

Otro fin de semana me fui a La Moraleja a ver dónde estaba Indra, la zona no era tan bonita como Las Rozas pero también estaba lleno de parques y relativa tranquilidad. Quedé para ver una habitación en un chalet, ha sido la vez que más asco me ha dado entrar en una casa, nada más entrar vienen dos bestias de perros a olfatearme, la casa estaba llena de pelos por todos lados, incluido la dueña y la sirvienta, la habitación era en un sótano, tenía una cocina pegada donde no se podía cocinar porque no había extractor, los perros entrando y saliendo de la habitación, la sirvienta y el inquilino compartirían el salón; todo esto por un módico precio de 450€ al mes, ¡un auténtico chollo vamos! Tras semejante esperpento me di una vuelta por allí, lleno de colegios privados y chalets impresionantes, la verdad que la zona estaba muy bien.

Una vez estudiado ambas zonas, te pones a pensar en otros factores: el tipo de trabajo que vas a hacer, los compañeros que tendrías en uno u otro sitio, la carrera profesional que te ofrecen, el salario, etc. Pero claro, no sólo eso, sino que en el trabajo donde estás actualmente te encuentras muy cómodo y lo tienes ya dominado. Así que tu cabeza vuelve a ser un hervidero de pensamientos, le preguntas a la gente que te importa, haces listas de pros y contras, te fijas en pequeños detalles que tienes en tu día a día y si cambias vas a dejar de tener.

Pasados los días, no se concretaba ninguna oferta en firme, los de la Uned lo retrasaron al verano, y de Indra no recibía ninguna noticia, suponía que no habría sido elegido. Así que dejé de dar vueltas a la idea de cambiar de trabajo, tampoco me disgustaba porque me encontraba extraordinariamente con mis compañeros y mis jefas, aunque el salario no me permitía hacer mucho en Madrid.

No fue hasta principios de abril que recibí un correo de la chica de recursos humanos de Indra preguntándome si seguía interesado en el trabajo, y que si así era me llamaba para hablar del contrato. Lógicamente como siempre digo, nunca se pierde nada escuchando. Así que me llamó, decir que en la entrevista yo ya dije que no me iría de dónde estaba por menos de X, porque al estar tan a gusto en un sitio, la única manera de cambiarte es que haya mucha diferencia en el salario, ya que no te dejan pasar unos días de prueba para conocer a tus compañeros y a tu jefe. Así que lo primero que me dijo la mujer fue, te vamos a pagar X, aceptas? Y yo dije lógicamente que sí, a lo que ella me contestó: ahh, ¿qué no vamos a negociar? Yo por dentro me juré a mí mismo no volver a precipitarme, pero ya había aceptado.

Una vez aceptado, no te lo crees, apenas llevas 7 meses en Madrid y ya vas a pegar un gran salto en tu carrera profesional. Es hora de hablar con tu jefa, aquella mujer que me dio una de las mejores noticias de mi vida meses atrás, y decirle que te ofrecen algo mejor en otro sitio. Recuerdo perfectamente lo que me dijo al contárselo: "Vete, no te hablo como tu jefa, sino como tu madre, vete y crece que hoy no te puedo ofrecer nada parecido, y dentro de unos años hablaremos, que la vida da muchas vueltas y yo te quiero en mi empresa. Y si dentro de unos meses no te va bien, me lo dices, que aquí las puertas las tienes abiertas". A mí esa contestación me dejó estupefacto, ya que esperaba que me dijera una contraoferta, pero ante semejante discurso, sólo me quedó darle las gracias, que se había portado muy bien conmigo y que cualquier cosa que necesitara me lo dijera sin dudar.

Así que ya estaba hecho, el 25 de abril me incorporaría a Indra como consultor. Jamás en la vida había imaginado que podría llegar a trabajar en una empresa tan grande, y pensar que 8 meses atrás estaba desolado porque no me quisieron renovar el contrato, jaja, desde aquí les doy las gracias a mis antiguos jefes. Las vueltas que da la vida en un abrir y cerrar de ojos, así que a disfrutarla que son dos días. Lo que quedaba de abril me lo pasé buscando piso, ya que donde vivía estaba muy lejos de La Moraleja, así que busqué algo cerca de la línea 10. Por el Barrio del Pilar, al lado del centro comercial La Vaguada encontré un piso enorme con una habitación el doble de donde estaba en ese momento, y lo mejor de todo, con el calor que acechaba, contaba con una piscina comunitaria. Así que tras una semana de descanso en Murcia, me subí en el coche con mis padres para hacer la mudanza, ya estaba enderezado el rumbo buscando nuevos desafíos.

© 2017 Óscar Martínez Murcia

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